Seminario Interuniversitario de Investigadores del Fascismo

David ALEGRE LORENZ: “Una aproximación al modo en que las sociedades europeas miran al pasado”

La motivación para lanzar este pequeño alegato tiene que ver con el rechazo frontal e, incluso, desprecio con que a menudo nos topamos desde múltiples ámbitos de la sociedad quienes fruto de nuestros análisis vemos en el franquismo un régimen genuinamente fascista. Por lo general, me refiero a compañeros ajenos al ámbito de la historia contemporánea propiamente dicha, historiadores amateurs y aficionados de la historia, muchas veces completamente ajenos a los principales debates teóricos, condicionados por lo aprendido hace muchos años en el bachillerato y en la facultad y, también, mediatizados por un conocimiento “politizado” de la historia. Evidentemente, este último aspecto tiene que ver con un defecto de forma que todos sufrimos en mayor o menor medida como “seres sociales” que somos y, por lo tanto, condicionados como estamos por las visiones actuales del pasado. Sin embargo, el trabajo y la responsabilidad del historiador –y del ciudadano, claro está– pasa por tener dicho condicionamiento presente y ser críticos respecto a nuestros propios enfoques, entender cuáles son sus motivaciones y situarnos en el mapa de los debates. En definitiva, se trata de ser transparente frente a los colegas de profesión y las potenciales lectoras y lectores o, dicho de otro modo, explicar los fundamentos teóricos de nuestra postura, así como también sus orígenes existenciales. Hoy por hoy, la tesis que defiende el carácter fascista del franquismo es una de las diferentes interpretaciones historiográficas que tratan de aprehender la naturaleza del régimen instaurado en España al calor de la guerra civil. Se trata de una teoría que, como cualquier otra, lleva aparejada tras de sí un trabajo sobre múltiples ámbitos sociales, políticos, culturales y económicos de ese pasado franquista, trabajo que, por lo demás, se pretende a sí mismo serio, responsable y profesional. En este sentido, considero sano y necesario tener en cuenta este planteamiento dentro de lo debates, ya sea para profundizar en él, para matizarlo o para rechazarlo dentro de los parámetros de la profesión y de acuerdo con sus instrumentos teóricos y metodológicos. Ciertamente, poco tiene que ganar la comunidad académica obviando esta realidad historiográfica que sólo contribuye al enriquecimiento de la disciplina y sus debates, porque además su voluntad es integrarse de lleno en ellos y respetar el trabajo realizado hasta ahora por tantos y tantas compañeras. Así pues, el único camino posible es seguir trabajando duro en pos del reconocimiento académico de este enfoque defendido por algunos de los miembros del SIdIF y, por otro lado, tratar de internacionalizar el debate para poner en cuestión algunos esquemas preconcebidos sobre el caso español presentes todavía allende nuestras fronteras. Evidentemente no pretendo hacer una crítica dirigida a los hispanistas, la mayoría de los cuales trabaja de forma activa y conjunta con colegas españoles y conoce a la perfección los principales avances historiográficos y las múltiples fuentes primarias a disposición de los especialistas. Más bien, se trata de una llamada a la responsabilidad para todos los que desarrollan estudios genéricos en torno al fascismo o el periodo de entreguerras y, por decirlo de algún modo, abordan el caso español de forma tangencial. Esto, que ocurre muy a menudo, es el fruto del conocimiento de una bibliografía secundaria completamente desfasada que ahonda en visiones tópicas hace tiempo superadas por los especialistas hispanistas y peninsulares (1). Como es comprensible, supone un flaco favor para el avance del conocimiento histórico.

Cartel propagandístico

Las muchas conversaciones que he podido mantener en los últimos años con colegas y amigos, algunos nuevos y otros ya viejos conocidos, me han empujado a tratar de poner un poco de orden en este caos de ideas y reflexiones. De hecho, la noticia que hacía referencia a los dos enviados de la ONU que en los últimos días han pedido al estado español que revoque las leyes que impiden juzgar las desapariciones de decenas de miles de sus ciudadanos ha sido un estímulo clave a la hora de ponerme a martillear las teclas de mi ordenador. Entre sus reivindicaciones se pedía que España apruebe la Convención sobre la imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de lesa humanidad, posibilidad que ha sido rechazada en varias ocasiones por las principales fuerzas políticas del país. De alguna manera, entiendo que hay una relación directa entre dicha negativa y las visiones del pasado o la comprensión del pasado imperante entre muchos de nuestros conciudadanos, algo que concierne directamente a mi propia experiencia como historiador. Al fin y al cabo, en democracia los discursos políticos son consumidos por la sociedad en medio de acalorados debates y, a menudo, se convierten en filtros que mediatizan de una u otra manera las percepciones ciudadanas de la realidad. Esto es algo que se percibe sobremanera en la miradas de los españoles sobre el pasado reciente, donde se pone de manifiesto esa reticencia de una parte significativa de la clase política a observar algunos aspectos del pasado reciente de un modo crítico. Así pues, a menudo nos encontramos a pie de calle con la reproducción casi exacta de opiniones emanadas de autoridades políticas. En este sentido, he creído útil tantear brevemente las claves por las que se rige la comprensión del pasado a nivel social para, en la medida de mis posibilidades, cuestionarla.

En lo referido a la forma en que las personas ajenas a la disciplina miran al pasado, podría decirse que muy probablemente el problema sea extensible a la percepción de la historia en otras sociedades europeas, aunque esto es algo que planteo aquí como mera hipótesis basada en ciertas intuiciones que trataremos de desarrollar en el futuro (2). Al fin y al cabo, nuestra cosmovisión está claramente mediatizada por el persistente impacto de la posmodernidad y la cultura de lo masivo que se han impuesto de forma hegemónica en las últimas décadas. A ello ha contribuido sobremanera la industria cinematográfica estadounidense y el carácter necesariamente selectivo de la información y difusión de los productos culturales por parte de los principales medios de difusión informativos, que no por obligadamente selectivos dejan de apuntar en sentidos más o menos claros y con unos intereses bastante definidos. Así pues, en líneas generales la historia europea del siglo XX, siglo de la violencia y del terror para unos y del triunfo definitivo del progreso y la civilización para muchos otros –para otros tantos una cosa no excluye a la otra, sino que se suceden en el tiempo–, es contemplada a nivel popular como una sucesión de pilas de muertos atribuidas casi siempre a la locura de uno u otro dictador y a las diferentes ideologías políticas defendidas por estos. Estos montones de cuerpos que ocultan a nuestra mirada la particularidad individual de cada uno de ellos –lo cual favorece la desempatía y, finalmente, su uso como objetos arrojadizos–, se acumulan dentro de las fronteras de los diferentes países europeos, como si de compartimentos estancos se tratara (3). Sin embargo, es muy del gusto de los debates históricos a pie de calle hablar de la locura de este o aquel dictador, quedando completamente eximidos de responsabilidad en tanto que enfermos mentales, y, más aún, comparar la anchura y alzada de las diferentes pilas de muertos atribuidas a cada dictador e ideología para establecer diferentes grados de criminalidad y evaluar la naturaleza de lo ocurrido en torno a esos cadáveres en base a ello. Sin duda alguna, aquí entra en juego un producto de nuestro tiempo, y digo producto en el más puro sentido de la palabra, más allá del hecho histórico en sí, que necesariamente es central en nuestro tiempo: el Holocausto como paradigma frente al cual deben medirse el resto de crímenes ocurridos en Europa durante el siglo XX (4). Esta situación ha llevado en muchos casos a banalizar las víctimas del franquismo, cuya pila de muertos es insignificante a todas luces frente a la de su coetáneo, el nacionalsocialismo alemán. Así pues, nos encontramos con que a ojos de muchos es absurdo calificar al franquismo como fascismo –es más, como he escuchado en alguna ocasión, sería sensacionalismo periodístico hacerlo–, desde el mismo momento en que dicha etiqueta es a ojos de muchos un adjetivo incriminatorio, paradigma de la Locura y la Maldad absolutas encarnados por el caso alemán. Si este tipo de visiones simplistas, quizás inevitables –aunque no por ello a salvo de la crítica–, obvian y desprecian los múltiples trabajos sobre el franquismo realizados en todos los ámbitos de interés de la historiografía, el problema se complica cuando entra en escena otro producto muy en boga: el comunismo stalinista (4). Llegados a este punto, tenemos la combinación perfecta para que a ojos de no pocos Franco siga siendo un hombre de orden, humilde defensor de la civilización –evidentemente que desde su punto de vista lo era, he ahí otro quid de la cuestión no menos importante–, pues la pila de muertos de la Nueva España encabezada por éste no sólo es mucho menor, sino que tendría la justificación de salvar al país de la amenaza de convertirse en una república marxista. Con lo cual, considerar el franquismo como un fascismo pasa a ser observado más como una tergiversación del pasado y una bravata propia de izquierdistas exaltados que como el trabajo serio y responsable de historiadores profesionales. En esa perversa comparativa entre fascismo y comunismo de gran impacto mediático que, por lo demás, rechaza la contextualización y la necesaria complejidad del discurso historiográfico, el único criterio son esas omnipresentes pilas de muertos que una y otra vez mediatizan la visión y categorización de los diferentes pasados.

Puente de las Cadenas de Budapest después de los enfrentamientos entre las tropas del Eje y el Ejército Rojo

Puente de las Cadenas de Budapest después de ser dinamitado por la Wehrmacht ante el avance del Ejército Rojo

Por otro lado, están los que intentan aprovechar la industria, el tirón mediático y ese “humilde” consumismo –aunque consumismo al fin y al cabo– que ha crecido al calor de conceptos como genocidio para hablar de lo ocurrido en el caso español, donde el rigor y la consideración para con los debates existentes brilla una vez más por su ausencia. Así pues, muertos y más muertos, tan sólo enormes pilas de muertos, unas azules y otras rojas, también blancas; pilas pequeñas, grandes y medianas; y, no obstante, sin restar importancia a las víctimas –y perdón si parece que frivolizo–, de pronto uno cae en la cuenta de que hay historia más allá de éstas (6). Además, profundizando un poco más descubre que la historia de los muertos no debe ser una historia de jueces que elevan a unos al Olimpo y mandan a otros a los infiernos, sino un saber complejo que trata de entender el por qué de éstos o aquéllos muertos, las motivaciones que existen detrás del asesinato, lo que se espera conseguir a través de un hecho tan decisivo como la vulgarización y el asesinato violento de otro ser humano y los discursos legitimatorios de las diferentes violencias. Todo ello pasa por demostrar que analizar y, sobre todo, explicar no es justificar, sino más bien tratar de poner los medios para entender el pasado de un modo crítico (7). Para ello es necesario evitar los discursos masticados y simplistas que dicen más bien poco del respeto de muchos autores por la capacidad de sus lectores para llegar a conclusiones propias, como ha ocurrido con cierto pseudo-revisionismo y otras literaturas genocidas de la guerra civil y la posterior represión franquista. En este sentido, poca duda cabe, quizás los docentes e investigadores –los historiadores en general– debemos entonar el mea culpa por no haber sabido llevar más lejos el impacto de nuestras investigaciones sobre la sociedad, pero lo cierto es que, si bien en muchas ocasiones no ponemos suficiente empeño, competimos en una lucha muy desigual contra fuerzas y discursos que escapan a nuestro alcance y, también, contra el sempiterno aislamiento de una comunidad académica que, por lo general, no parece ser importante para la sociedad en la que vive, salvo hitos puntuales. ¿Por qué? Esta sería una pregunta que requeriría una respuesta de otros tantos párrafos y respecto a la cual podríamos encontrar opiniones muy diversas, quizás quede para una futura reflexión. En cualquier caso, un paso interesante sería la normalización historiográfica de la tesis que defiende la naturaleza fascista del franquismo, es decir, su reconocimiento como una línea interpretativa más en torno a dicho fenómeno. Sin lugar a dudas, esto contribuiría a abrir otra pequeña ventana al pasado y complejizaría los debates y las visiones del régimen imperantes en nuestra sociedad. Sea como fuere, la meta pasa por seguir intentándolo una y otra vez buscando nuevas formas de acercamiento a la sociedad –este blog tiene esa humilde aspiración, entre otras– y, a su vez, por mantener el pulso con lo que ocurre y se comenta a nuestro alrededor, que al final siempre es mucho más importante de lo que pensamos.

David ALEGRE LORENZ

NOTAS:

(1) Dos buenos ejemplos los encontramos en Robert O. PAXTON: Anatomía del fascismo, Madrid, Península, 2005 [2004], pp. 95,98, 132, 135, 137, 139, 176, 177, 253, 254, 348n. y su bibliografía sobre el caso español en las pp. 282-283, donde no hay ni un sólo autor español; Aristotle KALLIS: “‘Fascism’, ‘Para-Fascism’ and ‘Fascistization’: On the Similarities of Three Conceptual Categories”, European History Quarterly, 33:2 (2003), pp. 231 (especialmente), 234, 236 y 240.
(2)Sólo hay que darse una vuelta por cualquier foro de aficionados a la historia en cualquiera de las diferentes lenguas europeas o, incluso, en las respuestas de los lectores en algunas de las noticias de los principales diarios españoles.
(3) Sobre la desaparición de las personas como sujetos individuales con su propio recorrido vital en las enormes pilas de muertos del siglo XX recomiendo la novela de Danilo KIŠ: Enciclopedia de los muertos, Barcelona, Acantilado, 2008. El muerto como objeto arrojadizo de nuestro tiempo es un motivo que tomo de Javier RODRIGO: “Tirarse los muertos y los libros a la cabeza: modos de ver la Guerra Civil española”, Alcores: revista de historia contemporánea, 2 (2006), pp. 247-273.
(4) Véase Ferran GALLEGO (ed.): Pensar después de Auschwitz, Mataró, El Viejo Topo, 2004.
(5) Los más osados también incluyen la China de Mao en este particular Hall de la Fama frente al que se complace e identifica la civilización triunfante, situada más allá del Bien y del Mal.
(6) Sin duda, mostrar esta evidencia era uno de los puntos de partida que se proponía en Claudio HERNÁNDEZ BURGOS y Miguel Ángel DEL ARCO BLANCO: “Más allá de las tapias de los cementerios: la represión cultural y socio-económica en la España franquista (1936-1951)”, Cuadernos de Historia Contemporánea, vol. 33 (2011), pp. 71-93. Disponible online en: http://revistas.ucm.es/index.php/CHCO/article/viewFile/36666/35505. Consultado el 13 de octubre de 2013.
(7) En este sentido apuntaba Stathis N. KALYVAS: “Introducción”, en Ibid: La lógica de la violencia en la guerra civil, Madrid, Akal, 2010 [2006], pp. 13-32.

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Esta entrada fue escrita por davidalegrelorenz y publicada el 24 octubre, 2013 a las 17:19. Se guardó como Visiones del fascismo desde la actualidad y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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